jueves, 25 de febrero de 2016

Una pincelada de Hopper en Loreak

[Ensayo para la asignatura Crítica cinematográfica]


¿Qué se siente cuándo se está solo?

¿A qué sabe la soledad?

Una mirada transmite un sentimiento mucho más completo y profundo que las mil palabras que traten de describirlo. Me pasa con algunas personas, que suscitan más mi curiosidad en su mirada antes de lo que digan o hagan. Imagino que por ello le doy tanta importancia al modo de mirar y al cómo se sea observado. Y esas miradas, que uno puede ir redescubriendo a su paso por la calle, en el supermercado, en el parque, en el metro, en un bar o hasta en una gasolinera, son las que hacen cine.

Debo admitir que de ahí nace mi debilidad por las películas contemplativas, esas que están formadas por planos que parecen querer llamar tu atención -la tuya y no la de quien tienes al lado- como para contarte algo. Esos planos que, desde el silencio, te miran a los ojos, pausados, tranquilos, bellos en su propia composición, aun sin pretenderlo. Planos que, desnudándose sólo en una parte, desde la discreción, lo están mostrando todo; que te hablan despacio, te abstraen del mundo, y se dirigen hacia ti casi en susurros. Supongo que mi debilidad por las películas contemplativas es a raíz de mi afición por esas instantáneas que permiten un diálogo íntimo: qué hay dentro del encuadre y qué se ha quedado fuera. En ese diálogo con quién decidió que el plano fuera así, y no de otro modo, surge el intercambio de sensaciones con uno mismo, con el interés de captar su propia esencia. Esencia que parece diferente según quien la mire pero que, sin embargo, subyace escondida siendo la misma para cualquiera. Sólo hay que saber mirar. Y esos planos, que uno puede ir reelaborando a su paso por la calle, en el supermercado, en el parque, en el metro, en un bar o hasta en una gasolinera, son los que hacen arte. 



    Si hay algo que me fascina de Edward Hopper es su manera de reflejar una mirada. Fue un texto de Carmen Martín Gaite, ‘El punto de vista’, el que hizo despertar mi curiosidad hacia el artista. Y lo hizo con el siguiente párrafo:

 “Edward Hopper era un hombre introvertido, que amaba el anonimato y odiaba las estridencias. Características estas dos imprescindibles para quien quiere mirarlo todo sin perder detalle pero, al mismo tiempo, sin provocar alboroto ni despertar sospechas. Edward Hopper es, sobre todo, mirada”.

Hopper mira de tal modo que consigue, con facilidad, llenar de vibraciones positivas a quien contempla alguno de sus cuadros, aunque el cuadro, en sí mismo, esté inmerso en dramatismo. Eleva la soledad, esa compañera de viaje con la que nadie quiere viajar, al rango de arte que se merece. Porque la soledad no es negativa, es vital. Y la vida, en sí misma, puede ser arte. Así lo concibe la mente del artista. El pintor es capaz de representar un instante suspendiéndolo en el tiempo. Hopper consigue conectar tanto con mi manera de sentir, que me provoca levitaciones con su arte.



Algo parecido me pasó cuando me inundé de los sentimientos que embriagaban a Loreak. Unos segundos dura su primer fotograma, una pantalla negra absoluta que parece no mostrar nada, pero acompañada por un ruido evocador de lluvia que se gana el respeto para los próximos minutos de metraje. Cada plano que seguía en el filme, cada instante representado y suspendido en el tiempo, me provocaba una sensación extraña, algo que no lograba descifrar. ¿Qué era lo que tenía Loreak, que embelesaba? Sin duda, una pincela de Hopper provocadora.

Hubo algo en su fotografía que, sin ser calificada como espléndida, consiguió hipnotizarme. La delicadeza en la composición, de cada uno de los elementos que quedaban dentro del encuadre, me resultó sublime. Fue debido a un fotograma, en concreto, por lo que reconocí al pintor, y activé mis sentidos: un plano que encuadraba a una de las protagonistas sentada en una cama, cabizbaja, homenajeando a gritos “Habitación de hotel” de dicho artista. 


Y se ve la película de otro modo. Se concibe de otra manera su mensaje cuando se entienden los cuadros de Hopper como influencia en los fotogramas de Loreak. El tema central, en ambos casos, es la soledad. Edward siempre tiene como centro, en sus lienzos, individuos solitarios que, por muy acompañados que puedan encontrarse, se sienten solos; y se ve, se palpa su sentimiento. Individuos ensimismados que, se encuentren donde se encuentren, se sienten en intimidad. Es la mirada interior que Hopper comparte con sus personajes. La misma mirada que puede apreciarse en la película. Vuelvo a citar palabras textuales de Martín Gaite, siempre teniendo en mente el modo en cómo están retratadas las escenas y los personajes de Loreak:

“Hopper tiene la capacidad de enfatizar psicológicamente lo real y dotarlo de un grado de abstracción que remite a escenas cotidianas. Los personajes de Hopper no solamente son seres “abstractos”, lo cual se explica por su condición de imágenes pintadas, sino que siempre están “abstraídos” ellos mismos, como tocados por el ala a la vez corpórea e incorpórea del instante”.

La mayoría de sus cuadros están protagonizado por mujeres. La suya, en concreto, fue su única modelo. En los “lienzos” de Loreak lo son Ane, Lourdes y Tere que, cada una a su modo, convive con la soledad que les acompaña. En cada vista de Hopper, como en cada plano de Loreak, hay un antes y un después que se sugiere, mientras lo mostrado queda suspendido en el tiempo, invitándote a contemplarlo. Es ese silencio que se palpa, ese vacío que se percibe, esa falta de comunicación explícita, la que aturde y enloquece provocando el exigir más.

Melancolía latente que, aunque el panorama esté compuesto por un número mínimo de figuras, o incluso careciendo de ellas, la propia arquitectura, en sí misma vacía y metafísica, llena el plano con su presencia; porque, aun pareciendo deshabitada, no puede afirmarse que así sea. Un edificio adimensional con vida. 


En una y otra obra se deja notorio, a su paso, una combinación de seres humanos y elementos retraídos que, aun llamando al reencuentro de sí mismos, invadiendo las cuatro esquinas de tristeza y melancolía, provocan que el espectador, al observarlos, vea más allá, quiera comprender su situación, y ese propio entendimiento le haga sentir una profunda calma, a veces más inexplicable en la situación real que en el propio encuadre.

Después de ver esta relación entre pintor y cineasta, me dediqué a jugar buscando fotogramas que se asemejaran a los cuadros hopperianos. Quizá es pura casualidad, pero mi inquietud cobró su efecto. Planos que se explican con la filosofía que utilizaba el artista en sus pinceladas. Y, sin duda, el mensaje que defiende el filme queda enfatizado. Debo reconocer que me he divertido buscando una posible historia a los personajes que aparecen en los cuadros de Hopper, paralela a la que se estaba narrando en Loreak. En todos ellos, encontrando sus similitudes, he comprobado que están dotados por espacios limpios, geométricos, de colores planos y líneas arquitectónicas que encuadran a mujeres aisladas, anónimas, con una sensación agridulce de soledad que se sopesa en la pantalla. Mujeres que tienen sus propias preocupaciones íntimas sin percatarse de si están siendo o no observadas. La imposibilidad de comunicación y la sensación de incomprensión que todas ellas, cada una a su manera, reflejan. Esa emoción que transmiten y comparten con quien las mira.