jueves, 12 de noviembre de 2015

¿Qué sentido tiene el aprendizaje de la vida?

[Ensayo para la asignatura Deontología de la comunicación]

Cuando se visualiza el modo de actuar del protagonista de la película “Un ciudadano ejemplar”, el primer pensamiento que te alcanza es: “¿Qué haría yo si estuviera en su lugar?”. Desde el primer momento, y al margen de cualquier regla de conducta, la versión que nos presenta la película nos aboca a: “Yo haría lo mismo”. El espectador sintoniza con el protagonista, se siente atrapado por la empatía que suscita el guion y lo comprende, sin profundizar en un análisis más trascedente, desde un punto de vista moral. Se da más relevancia al hecho del  “por qué lo hace” que al “cómo lo hace”. Sin embargo, a medida que avanza la historia, se llega a la conclusión de que, sin reglas de conducta, el protagonista queda a merced de su propia locura, concluyendo con la sentencia de: “Este tipo está loco, yo no lo haría”. ¿Y qué es lo que debilita esa sintonía inicial que increpa al espectador a decantarse por el “antes sí, ahora no”? La ciega obsesión de la venganza. La equívoca defensa de que “el fin justifica los medios”.

La premisa es potente y fuerte: un padre de familia tiene que ver cómo dos hombres violan y asesinan a su mujer e hija. Ante el fallo del forense por la supuesta falta de pruebas, el asesino queda declarado inocente y es puesto en libertad. El abogado de ese padre, anteponiendo la deontología de su profesión a la ética de la justicia, alega que si no hay pruebas no se puede defender nada. En consecuencia, el contexto se deriva hacia la venganza: el padre se toma “la justicia por su mano” sin ningún razonamiento ético que lo avale; de manera cruel y sádica asesina a los propios asesinos de su familia. Al abogado defensor le afloran los sentimientos como padre y marido que es, y su aptitud se convierte en guía subliminar del espectador durante toda la historia. Su posicionamiento deontológico le hace perseverar en defender la mecánica de la  justicia a todas luces insuficiente. Se plantea un paralelismo contrapuesto entre la ineficiencia de la justicia con la locura dispar de la venganza, sumiendo al espectador en una pesadumbre de interpretación de los hechos. La historia concluye desfigurándose en un alarde de intriga reflexiva que supera el normal desenvolvimiento del espectador.

Cualquier espectador comprende, alaba y aplaude que ese padre, que ha quedado desamparado y no es arropado por la justicia, asesine a los dos hombres que le arrebataron a su familia. La versión del guion trata de exponer que da igual el bien o el mal moral de la acción. Lo que importa es la acepción que le demos a la ética: “Matar está mal, pero ellos lo hicieron primero”, lo que no deja de ser un hecho igualmente y perversamente malo. Es por tanto necesario plantear el problema moral desde otra perspectiva más amplia o menos próxima a las pasiones humanas más viscerales que den respuesta a la pregunta: ¿cualquier medio puede justificar cualquier fin, por muy importante que sea?  La respuesta, desde el lado más positivo, debe estar considerada en función de la autoría del fin. En el caso que se expone, el “fin” está ligado a corregir la mecánica judicial amparándose en su ineficiencia y, por lo tanto, resultando “injusta” para justificar el “medio” basado en asesinar con la “misma impunidad” que se pretende enjuiciar y corregir. El resultado final pone de manifiesto que el medio es desproporcionado al fin pretendido y, desde una acepción positiva, no es admisible.

 El juicio social y sus posibles consecuencias son tenidos en cuenta por el sujeto que decide como parámetro crucial en sus cálculos, que podría traducirse menos ampulosamente como “haz siempre lo que consideres mejor”. El problema con el que se enfrenta el individuo que decide, no es la validez general de la ecuación "el fin justifica los medios", sino el de decretar si un medio determinado justifica un fin determinado, evaluados ambos en su compleja totalidad[1].

A medida que avanza la historia, el sentimiento de venganza retroalimentado por la locura del padre, va en aumento convirtiendo a todas las personas implicadas en el caso, en objetivo siniestro de muerte por parte del padre que, simultáneamente se convierte en asesino. Esos crímenes provocan en sus respectivas familias el mismo vacío y desolación que experimentó el protagonista convertido socialmente en un asesino culpable. Surge entonces el verdadero debate que el espectador interioriza  analizando su conversión del “antes sí, pero ahora no”. La empatía se debilita y el espectador deja de verse reflejado en el padre, convirtiéndose en antagonista del mismo. Quedando así de manifiesto los tres diferentes aspectos a considerar en la historia versionada: la moralidad de la acción (la acción de asesinar es inmoral), la moralidad del resultado (del mismo modo resultan nuevos asesinatos que también son inmorales) y, finalmente, la moralidad de la persona que ejecuta la acción (que como se comprueba, acaba convirtiéndose en un psicópata, también inmoral)[2].

Desde la perspectiva bíblica, desde luego, lo que falta en esta discusión es el carácter de Dios, la ley de Dios y la providencia de Dios. Porque sabemos que Dios es bueno, santo, justo, misericordioso y recto, y aquellos que llevan Su nombre deben reflejar Su carácter (1 Pedro 1:15-16). Asesinar, mentir, robar, y todas las formas de comportamiento pecaminoso, son la expresión de la naturaleza de pecado del hombre, no de la naturaleza de Dios. Para los cristianos, cuya naturaleza ha sido transformada por Cristo (2 Corintios 5:17), no hay justificación para un comportamiento inmoral, sin importar el motivo o el resultado para ello. De este Dios santo y perfecto, recibimos una ley que refleja Sus atributos (Salmo 19:7Romanos 7:12). Los Diez Mandamientos dejan en claro que asesinar, adulterar, robar, mentir y codiciar es algo inaceptable a los ojos de Dios, y Él no hace una "cláusula de excepción" para la motivación o la racionalización[3]

La excusa de alcanzar una meta, al precio que cueste, pone en decadencia y anula la dimensión humana. Hacer una acción inmoral y legalmente prohibida, en aras de alcanzar un fin positivo, violenta la Ley de Dios. Si lo importante es llegar al propósito sin valorar lo ilegal o inmoral que conlleve la acción, ¿qué sentido tiene el aprendizaje de la vida?




[3] Ídem. 

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