martes, 26 de noviembre de 2013

La eterna jugada



En la entrada de un pueblo atravesado por una angosta carretera de paso, se anunciaba el bar El Pepinillo en un letrero de Coca Cola. Un par de bocanadas de humo eran suficientes para crear en él una nebulosa grisácea con un olor a puro infumable.

 «Un día cualquiera no sabes qué hora es…».

Un radio cassette, desgastado por el uso de los años, escupía a trompicones la canción de Nacha Pop que, escapándose por las ventanas entreabiertas del bar, se extendía carretera arriba. La melodía, sumada al barullo de la gente, se convertía en un canto que pretendía atraer a dulces sirenas. 

«Las calles mojadas te han visto crecer… y tú con tu corazón estás llorando otra vez».

En la puerta de entrada, seguía colgado y olvidado el cartel con la oferta de verano: «¡Tapita de rabas + vermucito 1 eurito!». En su interior, hombres inamovibles pisaban huesos de aceituna y colillas de Marlboro comentando el último Madrid-Barça mientras, en la televisión, mujeres de piel tersa anunciaban cremas anticelulíticas y rejuvenecedoras. El Pepinillo era el bar de moda. A él acudían de los pueblos vecinos a echar la partida al mus con su «completo: café, copa y puro». 

«Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer». 

Abriendo la puerta con actitud firme y aires de grandeza, apareció de soslayo Lamaricielo. En fila india, melena al viento, bolso al aire, fueron desfilando una a una la cuadrillita, mientras gritaban al unísono: «tus cabellos dorados parecen el sol». De edades avanzadas, rozando la menopausia, María del Cielo, María Dolores, María Purificación, María del Clavel y María Macarena rodeaban cada tarde esa mesa mortecina que aguantaba sus partidas. Al fondo a la derecha, se consagraba el altar divino de las Eternas Adolescentes. 

Lamaricielo era la líder primogénita del atractivo club social. Insatisfecha de su vida conyugal y confusa con la edad, seguía persistiendo en la ilusión de crear planes «everywhere» los sábados por la noche. Inconfundibles eran sus manoletinas negras de charol roído con un cursi lacito y un bolso de imitación Louis Vuitton con cartera a juego. Siempre a su lado Laloles, socia innegable e íntima amiga para la saciedad. Sus rifirrafes tenían con quién copiaba a quién el rubio ceniza del pelo y los pequeños brillitos caoba que intentaban disimular las amenazadoras canas. Lo característico de Laloles eran sus tacones de cuatro a cinco pulgadas. Era la alegría de la fiesta y no había pista de baile que se le resistiera. Sus carcajadas profident destellaban iluminando al pueblo cuando se cortaba la luz. 

Laclaveli, Lamaca y Lamaripuri conformaban «el resto» y lo tenían asumido. Laclaveli era la sosa del clan e intentaba lo imposible por echarse a sí misma la sal que le faltaba. Pequeña, con gafas de «no me entero muy bien qué se está cociendo aquí» y naricilla que parecía olisquear cada pequeña mota de polvo llamando a la inseguridad, llevaba siempre el mismo abrigo: uno verde galáctico y mullido con pelo sintético en la capucha que propiciaba el estornudo fácilmente. Lamaca representaba el polo opuesto al espíritu que pretendía dar el club. Con el genio contenido, representaba a ese sector adolescente insoportable y repelente que se queja continuamente de lo que ocurre alrededor. Lamaripuri o Purimari era la barroca-soez del grupo. Llevaba el pelo teñido a tres colores y adornado con pasadores de flores y mariquitas. Vestía de colores chillones y llevaba unos maxipendientes que le rozaban los hombros. Su mandíbula había adquirido el gesto de masticar chicle hasta cuando no lo tenía en la boca, aunque dicen las malas lenguas que siempre masticaba el mismo... Su aliento desprendía aroma a menta poleo-salvaje-exótico.

Las Eternas Adolescentes eran cinco pero, desde hace algunos días, también formaba parte del corrillo postjuvenil Ladeloschalés. La recién llegada a los nuevos chalets hacía un esfuerzo por sumar méritos y adaptarse a la chupipandi. El radiopatio sólo sabía que estaba casada con un tal Fulanito y que había llegado al pueblo con la intención de abrir una tienda de ultramarinos. 

Las Eternas repiqueteaban y dialogaban, mientras jugaban la partidita a la brisca, sobre temas transcendentales que acostumbran a quitar el sueño a cualquier mortal:

—Y si la Luna gira alrededor de La Tierra… Dos más dos son cuatro y me llevo una.
—Pues si todos los caminos llevan a Roma… ¿Se puede ir de Roma a Marte?
— ¿Marte? Jaque Marte.
—No, que estamos jugando a la brisca.
—Por eso, que me ha salido el rey.
—Por cierto, ¿has pedido ya hora en la peluquería? 
—No, luego, y para que te pongas más rubia, aquí está el «oros» y tiro porque me toca.

Instaladas en su aposento y ajenas al barullo que se propiciaba, intentaron hacer amago de tomarse en serio el juego, pero el sonido del guasá interrumpió la partida. La cuadrillita dirigió su mirada expectante hacia la pantalla del aifon de Lamaricielo: una foto de un cubano de gimnasio con sus bíceps bien marcados relucía brillantemente plastificado. Tras una pausa protagonizada por un silencio de sonrisillas nerviosas decidieron reanudar la partida, aunque ya advertía el viejo aparato de los ochenta: «Demasiado tarde para comprender. Chica, vete a tu casa. No podemos jugar…».

—Venga, vamos a tomarnos una botellita de champán para celebrar —a Laloles le valía cualquier disculpa. Esta vez, el cubano parecía ser la excusa.

Algo más acaloradas, entre briscas, ases, treses y reyes, brindaron para celebrar la vida misma y la eterna juventud. Se sentían rebeldes ansiando los efectos de la resaca. Eran los gestos propios del juego, pero parecía que la silueta plasticosa fuera una alucinación divina en medio del altar y que ellas lucharan incesantes y alocadas para ganar la jugada: guiñaban el ojo, levantaban las cejas, se mordían el labio inferior… Y soñaban con la canción que retumbaba en sus conciencias: «Mi cabeza da vueltas persiguiéndote…». 

Ellas lo sentían y saboreaban. Con los ojos entornados y la respiración agitada, sus voces susurrantes indicaban que habían llegado al álgido momento: «Él… El champán y esa textura que tiene». 

—Afortunada en el juego, desgraciada en amores —exclamó Ladeloschalés justificando su distracción al perder la jugada.

La partida era el recorrido de su propia vida, que se les escapaba como la baraja, carta a carta, de las manos. La cuadrillita la ironizaba como eterna, como eternos eran sus anhelos, deseos, aburrimientos y frustraciones. Entre sorbo y sorbo, las horas avanzaban. Las Eternas Adolescentes estaban felices: el cubano, el champán y la vida en general.

—Cuando yo me muera no quiero que me traigáis flores. Prefiero que rociéis mi tumba con una botella de champán.
—Pues yo quiero que me entierren en la cripta de la bodeguita que hay abandonada debajo del cementerio… Así ponemos un tapete con las cartas ¡y a jugar!
—Pero si me incineran… ¿Cómo beberé el champán?
—Lo guardamos en la bodega.
— ¿Pero hasta la bodega llega la guifi pá el guasá

Cada una vivía en su mundo, pero todas tenían en común el mismo universo: cada tarde en el mismo bar y rodeadas de la misma gente, la cuadrillita deshojaba los encantos que la vida les ofrecía, en aquel bar de pueblo perdido en una carretera nacional. 


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