viernes, 12 de octubre de 2018

Aquella casita amarilla




                Lloró en tempestad, 
                también en calma.

                Olvidada, lloró a la Ausencia
                su muerte
                y la distancia.

                A veces con compañía, 
                y siempre con Soledad.

                Lloró adioses
                y a Dioses.
                Al miedo, 
                sus nervios
                y la Promesa.

                Aquella casita amarilla 
                lloró tanto y tan diverso,
                tanto y por nada...

                Que, consumida y con su vida,
                lloró lento y también deprisa.
                Lloró poemas
                y, por llorar,
                lloró hasta sonrisas.
                
                © MARÍA VILLAVERDE




lunes, 18 de septiembre de 2017

La señora




Que la muerte es bella cuando llega
si en vida no disfrutas de su ausencia

© MARÍA VILLAVERDE




jueves, 6 de julio de 2017

Diario de una mente suicida




Diario de una mente suicida 
Episodio 1: 6 de julio de 2017 - Dos mujeres

En esta mañana lluviosa de julio, me fumo un cigarro en la repisa de mi ventana mientras dibujo la vida al óleo.

Y te pienso. 

Tú tan rápido, yo tan deprisa, 
que el cigarro se consume.

Como mi vida.

Y te pienso.
En el paso del tiempo.

Dos mujeres me hablan,
me dicen,
me cuentan
que no hay boceto que sirva para nada sin ti.

© MARÍA VILLAVERDE


Canción del vídeo: «Piensa en mí» - Chavela Vargas




domingo, 11 de septiembre de 2016

Cruce de destinos




Cada persona tiene su historia, su ritmo y su recorrido. Historias que, aun pareciendo similares en el formato, son únicas e intransferibles. Situando la cámara en el punto en común, que todas ellas comparten, se aprecia la diversidad de personalidades que confluyen. El encuadre del espacio marca unos límites, dejando que sea la propia realidad la que sorprenda. Testimonios reincidentes, dirigidos a observar, repetitivos y ensimismados, se apresuran o aguardan la rutina marcada por el compás del tiempo. El destino es meta de llegada para unos, estación de salida para otros y, para todos, un cruce de caminos. 



martes, 28 de junio de 2016

La culpa fue del cha cha chá


Semivacías las piscinas, con el agua verde estancada, y desalojado el mostrador que hacía de bar en verano, el pabellón de usos múltiples del pueblo había sido, esta vez, el escenario elegido por la cuadrillita para marcar el paso de su vida, en unas clases de baile que pondrían sus cuerpos en forma. Un, dos, tres, cha cha chá. 

Frente a las espalderas de madera carcomida, a modo de photocall, se consagraba la pista de las Eternas Adolescentes. Caderas de edades avanzadas, embutidas en chándales del Lidl –la que no podía permitirse la imitación de Adidas– se preguntaban, entre ellas, cuál era el radiopatio del momento. 

—Chica, ¡pero qué chándal más mono nos traes hoy!
—Maja, pues de oferta lo he pillao.

Con actitud firme y aires de grandeza, apareció María del Cielo posando en el marco de la puerta.

—Ya pensábamos que no venías.
—Pues vengo de la peluquería, Loles, de darme tinte, y ya sabes lo que tardan.
—Bueno, yo es que tengo pocas canas, pero oye, muy guapa quetehan dejao.

La facilidad que tenía Lamaricielo para cotillear tres perfiles de Facebook a la vez, la seguía manteniendo en el liderazgo del clan. Cada encuentro exigía la seriedad de una estrategia de investigación típica del Casino Royale, aunque su credibilidad quedara difusa por combinar el chándal gris con sus manoletinas negras de charol roído. A su lado, el glamour y desparpajo de María Dolores: Laloles, la lolaila, la alegría de la fiesta. Siempre subida en un andamio, para que se la pudiera ver, el último chollo de las rebajas habían sido unas deportivas con plataforma para no perder el estilo ni «sudando». Innegables amigas hasta la saciedad, presumían de su despreocupación por los qué dirán

María Macarena, María del Clavel y María Purificación seguían asumiendo su papel de «el resto». Lamaca, se pusiera el chándal que se pusiera, en vez de dar a su cuerpo alegría y macarena, le daba sofocos y estupores con sabor amargo. Laclaveli, sin crecimiento ni a lo alto ni a lo ancho, apareció con el mismo chándal rosa fucsia con el que hacía gimnasia en EGB. Y al igual que entonces, como una flor a punto de marchitarse tras el verano: sosa y mustia. Lamaripuri o Purimari, sin perder sus costumbres estrafalarias, combinó dos piezas de distinto chándal. Dicen las malas lenguas que también de distinto color…

—Bueno, mujeres, ¿empezamos? 

Ante el llamamiento, el corrillo postjuvenil se calló en seco dando un respingo. Luismi, el profesor treintañero, había entrado al polideportivo. Ceñido en una camiseta que marcaba sus pectorales y con un pantalón de chándal ancho que dejaba entrever la cinturilla del calzoncillo, daba palmadas para ponerlas en marcha. 

—Ay, Luismi, que cuando te veo me recuerdas al cantante. «Acaricia mi sueño, el suave murmullo de tu respiraaaar» —con ceño fruncido y ojos cerrados, Lamaricielo hacía la pamema—. Ay, con lo que me gustaba a mí Luis Miguel.

Las demás soltaban una carcajada nerviosa.

—Venga, empezamos calentando —se atrevió a matizar el chico.
—Como siempre —apostilló Laloles, mientras acompañaba el comentario con una mueca y levantamiento de cejas jocoso.

Lamaca la miró con cara de vinagrilla. Sonrisillas picarescas se escuchaban acaloradas por lo bajines. 

—Qué, ¿ya estáis cansadas? ¡Si no hemos empezado!
—Luismi, que les pesa el culo —una voz cantarina y desenfadada acababa de entrar en escena: María Soledad, la nueva de los chalés, tan moderna como siempre, vestida con el último grito de las rebajas.

Los ojitos que, previamente, estaba poniendo Lamaricielo -arriesgando a que se le dieran la vuelta en el interior del párpado- se habían convertido en una mirada de alerta. Se decidió a cortar el hielo:

—Hola, Sole, ya te estábamos extrañando, ¿verdad, chicas, que lo hemos comentado? Aquí estamos, intentando hacernos con las curvas de Lapataky —ella misma se hizo gracia.
Yo es que soy más de Lakardasian —Ladeloschalés había llegado al pueblo, y a la clase de baile, pisando fuerte. 

«Bailando, me paso el día bailando». La canción de Alaska y los Pegamoides sonorizaba la movida madrileña que se traían entre manos. Aquellos tiempos…


—¡Venga, chicas! Damos dos pasos para la derecha y dos, para la izquierda. Derecha... Izquierda... ¡Muy bien, Loles! ¡Venga, que casi lo tienes!
—¡Venga, que casi lo tengo!  —vociferó María Dolores mientras daba palmas al unísono.
—Derecha… Izquierda… ¡Y saltamos! Esos culos firmes, a ver si voy a tener que ir yo.
—Uy no, que luego a ver qué le digo yo a mi marido —en el barrio, se decía, se contaba, se rumoreaba, que Laclaveli-Lasosa suena a marca de sal. 

«Bebiendo. Me paso el día bebiendo...».

—Mira, eso sí que lo hago bien: ¡beber! —por algo la conocían como la alegría de la fiesta. 
—Di que sí, Loles —Ladeloschalés intentaba camelarse a la «amiguísima».

«Tengo los huesos desencajados, el fémur lo tengo muy dislocado, tengo el cuerpo muy mal…».
—«¡Pero una gran vida social!» —Laloles y sus desenfrenos. 
—Venga, mis chicas, ahora un cha cha chá. Nos ponemos por parejas —Luismi tomó a Ladeloschalés para hacer las indicaciones—. La mano en la cintura, aquí. Y un, dos, tres, cha cha chá. Otra vez: un, dos, tres, cha cha chá. ¡Muy bien, Sole! 
—Pues a mí no me sale, Luis Miguel —la cuadrillita se alertó cómplice. Todas sabían que, cuando Lamaricielo se dirigía a alguien llamándolo por el nombre completo, es que estaba calentita.
—Ahora voy. 

Lamaricielo sonrió a Ladeloschalés y soltó un «¡cambio de pareja!» que desfogó toda la emoción contenida. Adelantaba la canción que «la culpa fue del cha cha chá, sí, fue del cha cha chá, que me volvió un caradura por la más pura casualidad…».

—Uy, qué brazo más forrrnido tienes, Luismi, ¡cuánto músculo hay aquí contenido! 
—¡Venga! Un, dos, tres, cha cha chá.
—Ay, me voy a agarrar bien, que pierdo el equilibrio.
—¡Venga, Maricielo! No, el pie para el otro lado. Me has pisado, ¡no pasa nada! ¿Qué tal vais chicas? ¿Hacemos un cambio? —el gesto de la líder se alteró. 
—No, no cambiamos. Enséñame el paso otra vez, que no me sale, Luis Miguel.
—¡Venga, otra canción! 

El sofoco del ritmo se hizo más jadeante y el rubor asomó por las mejillas de Lamaricielo, que suspiró tensa mientras su sonrisa pícara se desdibujaba. La melodía, mientras tanto, se escapaba a hurtadillas por la rendija de la puerta del pabellón de usos múltiples, de aquel pueblo perdido en una carretera nacional.


jueves, 25 de febrero de 2016

Una pincelada de Hopper en Loreak

[Ensayo para la asignatura Crítica cinematográfica]

¿Qué se siente cuándo se está solo?

¿A qué sabe la soledad?

Una mirada transmite un sentimiento mucho más completo y profundo que las mil palabras que traten de describirlo. Me pasa con algunas personas, que suscitan más mi curiosidad en su mirada antes de lo que digan o hagan. Imagino que por ello le doy tanta importancia al modo de mirar y al cómo se sea observado. Y esas miradas, que uno puede ir redescubriendo a su paso por la calle, en el supermercado, en el parque, en el metro, en un bar o hasta en una gasolinera, son las que hacen cine.

Debo admitir que de ahí nace mi debilidad por las películas contemplativas, esas que están formadas por planos que parecen querer llamar tu atención -la tuya y no la de quien tienes al lado- como para contarte algo. Esos planos que, desde el silencio, te miran a los ojos, pausados, tranquilos, bellos en su propia composición, aun sin pretenderlo. Planos que, desnudándose sólo en una parte, desde la discreción, lo están mostrando todo; que te hablan despacio, te abstraen del mundo, y se dirigen hacia ti casi en susurros. Supongo que mi debilidad por las películas contemplativas es a raíz de mi afición por esas instantáneas que permiten un diálogo íntimo: qué hay dentro del encuadre y qué se ha quedado fuera. En ese diálogo con quién decidió que el plano fuera así, y no de otro modo, surge el intercambio de sensaciones con uno mismo, con el interés de captar su propia esencia. Esencia que parece diferente según quien la mire pero que, sin embargo, subyace escondida siendo la misma para cualquiera. Sólo hay que saber mirar. Y esos planos, que uno puede ir reelaborando a su paso por la calle, en el supermercado, en el parque, en el metro, en un bar o hasta en una gasolinera, son los que hacen arte. 


    Si hay algo que me fascina de Edward Hopper es su manera de reflejar una mirada. Fue un texto de Carmen Martín Gaite, ‘El punto de vista’, el que hizo despertar mi curiosidad hacia el artista. Y lo hizo con el siguiente párrafo:

 “Edward Hopper era un hombre introvertido, que amaba el anonimato y odiaba las estridencias. Características estas dos imprescindibles para quien quiere mirarlo todo sin perder detalle pero, al mismo tiempo, sin provocar alboroto ni despertar sospechas. Edward Hopper es, sobre todo, mirada”.
Hopper mira de tal modo que consigue, con facilidad, llenar de vibraciones positivas a quien contempla alguno de sus cuadros, aunque el cuadro, en sí mismo, esté inmerso en dramatismo. Eleva la soledad, esa compañera de viaje con la que nadie quiere viajar, al rango de arte que se merece. Porque la soledad no es negativa, es vital. Y la vida, en sí misma, puede ser arte. Así lo concibe la mente del artista. El pintor es capaz de representar un instante suspendiéndolo en el tiempo. Hopper consigue conectar tanto con mi manera de sentir, que me provoca levitaciones con su arte.


Algo parecido me pasó cuando me inundé de los sentimientos que embriagaban a Loreak. Unos segundos dura su primer fotograma, una pantalla negra absoluta que parece no mostrar nada, pero acompañada por un ruido evocador de lluvia que se gana el respeto para los próximos minutos de metraje. Cada plano que seguía en el filme, cada instante representado y suspendido en el tiempo, me provocaba una sensación extraña, algo que no lograba descifrar. ¿Qué era lo que tenía Loreak, que embelesaba? Sin duda, una pincela de Hopper provocadora.

Hubo algo en su fotografía que, sin ser calificada como espléndida, consiguió hipnotizarme. La delicadeza en la composición, de cada uno de los elementos que quedaban dentro del encuadre, me resultó sublime. Fue debido a un fotograma, en concreto, por lo que reconocí al pintor, y activé mis sentidos: un plano que encuadraba a una de las protagonistas sentada en una cama, cabizbaja, homenajeando a gritos “Habitación de hotel” de dicho artista. 


Y se ve la película de otro modo. Se concibe de otra manera su mensaje cuando se entienden los cuadros de Hopper como influencia en los fotogramas de Loreak. El tema central, en ambos casos, es la soledad. Edward siempre tiene como centro, en sus lienzos, individuos solitarios que, por muy acompañados que puedan encontrarse, se sienten solos; y se ve, se palpa su sentimiento. Individuos ensimismados que, se encuentren donde se encuentren, se sienten en intimidad. Es la mirada interior que Hopper comparte con sus personajes. La misma mirada que puede apreciarse en la película. Vuelvo a citar palabras textuales de Martín Gaite, siempre teniendo en mente el modo en cómo están retratadas las escenas y los personajes de Loreak:

“Hopper tiene la capacidad de enfatizar psicológicamente lo real y dotarlo de un grado de abstracción que remite a escenas cotidianas. Los personajes de Hopper no solamente son seres “abstractos”, lo cual se explica por su condición de imágenes pintadas, sino que siempre están “abstraídos” ellos mismos, como tocados por el ala a la vez corpórea e incorpórea del instante”.
La mayoría de sus cuadros están protagonizado por mujeres. La suya, en concreto, fue su única modelo. En los “lienzos” de Loreak lo son Ane, Lourdes y Tere que, cada una a su modo, convive con la soledad que les acompaña. En cada vista de Hopper, como en cada plano de Loreak, hay un antes y un después que se sugiere, mientras lo mostrado queda suspendido en el tiempo, invitándote a contemplarlo. Es ese silencio que se palpa, ese vacío que se percibe, esa falta de comunicación explícita, la que aturde y enloquece provocando el exigir más.

Melancolía latente que, aunque el panorama esté compuesto por un número mínimo de figuras, o incluso careciendo de ellas, la propia arquitectura, en sí misma vacía y metafísica, llena el plano con su presencia; porque, aun pareciendo deshabitada, no puede afirmarse que así sea. Un edificio adimensional con vida. 


En una y otra obra se deja notorio, a su paso, una combinación de seres humanos y elementos retraídos que, aun llamando al reencuentro de sí mismos, invadiendo las cuatro esquinas de tristeza y melancolía, provocan que el espectador, al observarlos, vea más allá, quiera comprender su situación, y ese propio entendimiento le haga sentir una profunda calma, a veces más inexplicable en la situación real que en el propio encuadre.

Después de ver esta relación entre pintor y cineasta, me dediqué a jugar buscando fotogramas que se asemejaran a los cuadros hopperianos. Quizá es pura casualidad, pero mi inquietud cobró su efecto. Planos que se explican con la filosofía que utilizaba el artista en sus pinceladas. Y, sin duda, el mensaje que defiende el filme queda enfatizado. Debo reconocer que me he divertido buscando una posible historia a los personajes que aparecen en los cuadros de Hopper, paralela a la que se estaba narrando en Loreak. En todos ellos, encontrando sus similitudes, he comprobado que están dotados por espacios limpios, geométricos, de colores planos y líneas arquitectónicas que encuadran a mujeres aisladas, anónimas, con una sensación agridulce de soledad que se sopesa en la pantalla. Mujeres que tienen sus propias preocupaciones íntimas sin percatarse de si están siendo o no observadas. La imposibilidad de comunicación y la sensación de incomprensión que todas ellas, cada una a su manera, reflejan. Esa emoción que transmiten y comparten con quien las mira. 




jueves, 10 de diciembre de 2015

Plano-marco inspirado en el pop art

[Ejercicio para la asignatura Dirección de ficción (cine): Realización de un retrato]


Rechazo de la abstracción, búsqueda de la figuración. Formas esquemáticas, hieráticas, de carácter plano e inexpresivo. Colores brillantes y puros.

Un retrato que no pertenece a nadie pero puede reflejar a cualquiera. Es la vida que sale por dos rendijas de pared que, según el enfoque con que se miren, se manifiestan como huecos vacíos abstractos, lineales, sin nadie, espacios superfluos insinuando una visión metafísica contenida… Pero que, sorpresivamente, cuando el ángulo de la cámara cambia, aparece su razón de ser como canto a la esperanza.


Alineando el espacio

[Ejercicio para la asignatura Dirección de ficción (cine): Reconstrucción cinemática de un espacio]


Las líneas o trazas, en su manifestación más genuina, conforman planos que, a su vez, delimitan volúmenes insertados en el espacio. La traza, de este modo, adquiere carácter de protagonista en un recorrido espacial; marcando, no solo planos que definen volúmenes compactos, sino compartimentos vacíos que, en definitiva, ocupan y dan sentido al espacio.

Tal es el caso en estudio, donde la casa no se presenta como un lugar compacto dentro de un lugar vacío, sino la conjunción de ambos conformando un todo; llenando el espacio con volúmenes y vacíos interrelacionados que denominamos hábitat, biótopo o vivienda.

Si un lápiz define, sobre el plano arquitectónico, las líneas que van a conformar unos espacios de habitación, donde la relación “dentro - fuera” adquiere vida, también la cámara puede dotarse de ella, deslizando la mirada en una plataforma espacial por donde pueda “caminar”, tal y como lo hace la persona en sus recorridos habituales.



jueves, 12 de noviembre de 2015

¿Qué sentido tiene el aprendizaje de la vida?

[Ensayo para la asignatura Deontología de la comunicación]

Cuando se visualiza el modo de actuar del protagonista de la película “Un ciudadano ejemplar”, el primer pensamiento que te alcanza es: “¿Qué haría yo si estuviera en su lugar?”. Desde el primer momento, y al margen de cualquier regla de conducta, la versión que nos presenta la película nos aboca a: “Yo haría lo mismo”. El espectador sintoniza con el protagonista, se siente atrapado por la empatía que suscita el guion y lo comprende, sin profundizar en un análisis más trascedente, desde un punto de vista moral. Se da más relevancia al hecho del  “por qué lo hace” que al “cómo lo hace”. Sin embargo, a medida que avanza la historia, se llega a la conclusión de que, sin reglas de conducta, el protagonista queda a merced de su propia locura, concluyendo con la sentencia de: “Este tipo está loco, yo no lo haría”. ¿Y qué es lo que debilita esa sintonía inicial que increpa al espectador a decantarse por el “antes sí, ahora no”? La ciega obsesión de la venganza. La equívoca defensa de que “el fin justifica los medios”.

La premisa es potente y fuerte: un padre de familia tiene que ver cómo dos hombres violan y asesinan a su mujer e hija. Ante el fallo del forense por la supuesta falta de pruebas, el asesino queda declarado inocente y es puesto en libertad. El abogado de ese padre, anteponiendo la deontología de su profesión a la ética de la justicia, alega que si no hay pruebas no se puede defender nada. En consecuencia, el contexto se deriva hacia la venganza: el padre se toma “la justicia por su mano” sin ningún razonamiento ético que lo avale; de manera cruel y sádica asesina a los propios asesinos de su familia. Al abogado defensor le afloran los sentimientos como padre y marido que es, y su aptitud se convierte en guía subliminar del espectador durante toda la historia. Su posicionamiento deontológico le hace perseverar en defender la mecánica de la  justicia a todas luces insuficiente. Se plantea un paralelismo contrapuesto entre la ineficiencia de la justicia con la locura dispar de la venganza, sumiendo al espectador en una pesadumbre de interpretación de los hechos. La historia concluye desfigurándose en un alarde de intriga reflexiva que supera el normal desenvolvimiento del espectador.

Cualquier espectador comprende, alaba y aplaude que ese padre, que ha quedado desamparado y no es arropado por la justicia, asesine a los dos hombres que le arrebataron a su familia. La versión del guion trata de exponer que da igual el bien o el mal moral de la acción. Lo que importa es la acepción que le demos a la ética: “Matar está mal, pero ellos lo hicieron primero”, lo que no deja de ser un hecho igualmente y perversamente malo. Es por tanto necesario plantear el problema moral desde otra perspectiva más amplia o menos próxima a las pasiones humanas más viscerales que den respuesta a la pregunta: ¿cualquier medio puede justificar cualquier fin, por muy importante que sea?  La respuesta, desde el lado más positivo, debe estar considerada en función de la autoría del fin. En el caso que se expone, el “fin” está ligado a corregir la mecánica judicial amparándose en su ineficiencia y, por lo tanto, resultando “injusta” para justificar el “medio” basado en asesinar con la “misma impunidad” que se pretende enjuiciar y corregir. El resultado final pone de manifiesto que el medio es desproporcionado al fin pretendido y, desde una acepción positiva, no es admisible.

 El juicio social y sus posibles consecuencias son tenidos en cuenta por el sujeto que decide como parámetro crucial en sus cálculos, que podría traducirse menos ampulosamente como “haz siempre lo que consideres mejor”. El problema con el que se enfrenta el individuo que decide, no es la validez general de la ecuación "el fin justifica los medios", sino el de decretar si un medio determinado justifica un fin determinado, evaluados ambos en su compleja totalidad[1].

A medida que avanza la historia, el sentimiento de venganza retroalimentado por la locura del padre, va en aumento convirtiendo a todas las personas implicadas en el caso, en objetivo siniestro de muerte por parte del padre que, simultáneamente se convierte en asesino. Esos crímenes provocan en sus respectivas familias el mismo vacío y desolación que experimentó el protagonista convertido socialmente en un asesino culpable. Surge entonces el verdadero debate que el espectador interioriza  analizando su conversión del “antes sí, pero ahora no”. La empatía se debilita y el espectador deja de verse reflejado en el padre, convirtiéndose en antagonista del mismo. Quedando así de manifiesto los tres diferentes aspectos a considerar en la historia versionada: la moralidad de la acción (la acción de asesinar es inmoral), la moralidad del resultado (del mismo modo resultan nuevos asesinatos que también son inmorales) y, finalmente, la moralidad de la persona que ejecuta la acción (que como se comprueba, acaba convirtiéndose en un psicópata, también inmoral)[2].

Desde la perspectiva bíblica, desde luego, lo que falta en esta discusión es el carácter de Dios, la ley de Dios y la providencia de Dios. Porque sabemos que Dios es bueno, santo, justo, misericordioso y recto, y aquellos que llevan Su nombre deben reflejar Su carácter (1 Pedro 1:15-16). Asesinar, mentir, robar, y todas las formas de comportamiento pecaminoso, son la expresión de la naturaleza de pecado del hombre, no de la naturaleza de Dios. Para los cristianos, cuya naturaleza ha sido transformada por Cristo (2 Corintios 5:17), no hay justificación para un comportamiento inmoral, sin importar el motivo o el resultado para ello. De este Dios santo y perfecto, recibimos una ley que refleja Sus atributos (Salmo 19:7Romanos 7:12). Los Diez Mandamientos dejan en claro que asesinar, adulterar, robar, mentir y codiciar es algo inaceptable a los ojos de Dios, y Él no hace una "cláusula de excepción" para la motivación o la racionalización[3]

La excusa de alcanzar una meta, al precio que cueste, pone en decadencia y anula la dimensión humana. Hacer una acción inmoral y legalmente prohibida, en aras de alcanzar un fin positivo, violenta la Ley de Dios. Si lo importante es llegar al propósito sin valorar lo ilegal o inmoral que conlleve la acción, ¿qué sentido tiene el aprendizaje de la vida?




[3] Ídem.