sábado, 14 de septiembre de 2019

Diario de una mente suicida II

Episodio 2: 14 de septiembre de 2019 - Llueve Dios

Al amparo de la sombra de mi pena
promulgo este fulgor
que ruge para ti, centinela
suplicándote redención

No me grites por el pecado
Atiéndeme por el ardor
de un corazón que promulga alas
No me culpes por la intuición

Bendito, si hubiera sabido
que las bendiciones venían con voz
hubiera confesado antes para escucharlas
para buscarte aún sin razón

miércoles, 31 de julio de 2019

A flote sin salvavidas

Fueron tantos los dimes y diretes que confundieron al Ayuntamiento con la Iglesia. 
—El alcalde no escucha nuestras plegarias —gimoteaban.
—Que no, mujer, que es eldelbar, que quiere coger también el chiringuito de las piscinas y no da abasto.
Ellas le llamaban chiringuito porque en sus mentes disfrutaban de un viaje programado en Torrevieja, pero era el pabellón de usos múltiples del pueblo. “La cuadrillita” lo había elegido de nuevo como escenario salvavidas para mantenerse a flote. 
En la «zona húmeda» una barra con estantes de patatas fritas y la carta de helados simulaba hacer las funciones de bar. Enfrente, otra barra incrustada en la «zona de secano» servía para apoyar vasos, codos resecos y miradas apáticas. Allí, los genuinos del pueblo se refrescaban la vista con las siluetas celulíticas de las forasteras que lucían palmito en «zona ajena».
Con ambos mostradores en funcionamiento, quedaba oficialmente inaugurada la temporada de los calores. Por fin se abrían sus puertas resolviendo el misterio que había tenido a Las Eternas días de resaca sin dormir: el pueblo no encontraba socorrista que quisiera prestarse a bucear entre tanta preciada sirena. 
—Pues me han dicho que es un chiguito jovencito, maja, de unos veintipocos. 
—¡Pero si es el hijo de ladelmercadona
—Cómo. Va. A ser. Ese —Ante tal aseveración, ninguna más se atrevió a opinar.
Tentaba la canción de Radio Futura con su «ven a la escuela de calor». La banda sonora que las embriagaba también provocaba con un «arde la calle al sol de poniente y hace falta valor».Valor es lo que les sobraba. 
Con actitud firme y aires de grandeza, sólo ella podía aparecer entre el marco de la puerta: Lamaricielo y su melena rubia al viento. La seguían las «amiguísimas»: Laloles y el resto. Oculto y vigilante, tras la barrera de setos, se improvisaba con hamacas plegables El Altar.
—Amigos en común no tenemos porque en el feisbus no me aparece —¿Pero cuándo le habían hecho falta a María del Cielo ‘amigos-disculpa’? Aquella mañana estaba sexy a rabiar con un biquini negro y marrón combinado con un provocativo pareo fucsia y sus forever and ever manoletinas de charol roído. 
A unas seis toallas de ella, el desparpajo de María Dolores no perdía el tiempo con destapes.
—A ver, guapo, ¿no tendrás un mechero para encender el cigarro? Quepodríasertumadre —Aclaraba situaciones para evitar malos entendidos.
—¡Cómo va a fumar un chico tan deportista, Loles! —Ay, amiga, ardua, veloz y avispa, a María del Cielo never se le escapaba un ángel.
«En las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol». 

María Macarena, María del Clavel y María Purificación se hacían las duras con los hombres y tostaban sus cuerpazos a la parrilla. 
Lamaca seguía siendo más de incordiar y menos de darle a su cuerpo alegría y macarena. Prefirió quedarse vestida y desafiar al sol con uno de sus sofocos y estupores con sabor amargo. Laclaveli, como una flor mustia a punto de marchitarse por las altas temperaturas, lucía un bañador blanco. Le había dicho ladelatienda que era el color del verano y de la sal. Ella le quitaba importancia apostillando que era más de picante. Ay, qué pilla, María del Clavel. Lamaripuri o Purimari paseaba su estrambotismo con un bañador XXXL que hacía aguas en colores naranjas, morados y verdes. Se le llenaba la boca de zumos detox diciendo que era de nueva temporada. Dicen las malas lenguas que lo compró de rebajas…

Mientras todas rivalizaban con sus modelos, Laloles, pamela al viento, se contoneaba de sombrilla en sombrilla meneando su vestido de flecos y 'mariconchas' marinas. Cuando se cercioró de que los rojos de todas estaban puestos en ella... Chas: bañador palabra de honor.
—Para que no se me queden marcas en el escote —Si no lo aclaraba, le reventaban las costuras. 
—Pues con tu tipín no entiendo como no te pones biquini, Loles… —Lamaricielo, en sus adentros, estaba encantada de ser la única que todavía desafiaba a la gravedad de sus carnes con el dos piezas.
—Vaya, ¡pues que parece que nos hemos puesto de acuerdo! —Una voz jovial irrumpió la calma. Las pijas rurales dieron un respingo digno y miraron como si fuesen actrices de los años veinte —Mira que tengo biquinis en el armario y hemos tenido que venir con el mismo, chica —María Soledad, ladeloschalés.
«Vas por ahí sin prestar atención y cae sobre ti una maldición»
Dejarse sucumbir al encanto del 2x2 del Carrefour se termina pagando caro en la alfombra verde. Las Eternas Adolescentes hicieron ‘como si nada’ y pusieron sus modelitos a remojo. 
La sensualidad natural de Lamaricielo invadió la escalerilla de la piscina y todo su aura. Ella lo sabía. Todo el pueblo lo sabía. Incluso Julio Iglesias.
«Sé lo que tengo que hacer para conseguir que tú estés loco por mí» 
Chapoteaba y reía con nerviosismo bajo la mirada del socorrista que, ajeno a sus elucubraciones, no hacía sino cumplir con su trabajo de vigilar a los bañistas. El jovencito desvió la mirada hacia el otro lado: Ladeloschalés también quiso remojarse en la escuela de calor. 
—Uy, hola —Se encontraron nuevamente en el interior de la piscina y se saludaron de manera casual, como se acostumbra en Torrevieja. Les faltó el siempre simpático y nada predecible “tú por aquí” (…y ese biquini). 
«Ven a mi lado y comprueba el tejido, más cuida esas manos, chico»
Lamaricielo volvió a ponerle ojitos al susodicho, sentado en una silla de plástico con un bañador rojo, una camiseta de manga corta blanca y una visera a juego que anunciaba “Toldos Ruiz”. Le quedaba tan ‘sumamente’ sexy… A la líder del clan se le escapó un suspiro traicionero. Ay, María del Cielo, que si no fuera porque estaba a remojo, se le hubiera visto el plumero. 
—Se va a asfixiar con la camiseta puesta a pleno sol… Dan ganas de quitársela. 
“El resto”, menos Lamaca, también se unió al chapuzón. Laclaveli metió solo los pies, pero Lamaripuri o Purimari quiso meter todas sus dimensiones. Resbaló en el último peldaño de la escalerilla. Con tres litros menos en la piscina, cualquiera fingía ahogamiento…
«No des un mal paso, no des un mal paso, esto es una escuela de calor»
Laloles prefirió engatusar al socorrista desde tierra, sin percatarse de que Lamaricielo nadaba desesperadamente dirección a su presa.
—Que le vas a distraer —El ansia posesiva y acaparadora la hizo tragar agua y toser. Ladeloschalés también comenzó su largo. Sentía la necesidad de demostrar que los diez años que se llevaban de diferencia pasaban factura en las curvas y en el contoneo de telas. Y que el biquini le quedaba mejor.
«Deja que me acerque, deja que me acerque a ti, quiero vivir del aire, quiero salir de aquí». 
La canción retumbaba en la mente de María del Cielo, que tenía organizada una movida madrileña de las intensas. Menos mal que el maquillaje era waterproof. El bordillo se acercó a ella y Lamaricielo le hizo honores apoyándose como si fuera la tarima del Rock-Ola. Desafío al mareo con otro chupito de agua clorada calentita. Con arte y mucho estilo, disimuló el jadeo de perrillo mojado y le dedicó al joven una sonrisa deseosa, morbosa e increíblemente satisfecha.
—¿¡Y Lasole!? —Laloles acompañó a su estridente tono de voz con dosis de exageración y melodramatismo.  
El socorrista se quitó la camiseta y se zambulló en la piscina como un deseo hecho realidad. Pero la suerte no era de María del Cielo. Ladeloschalés asomó del agua cual pececillo agorero.
—¿No le irá a hacer el boca a boca? Porque está perfectamente. ¡Lo ha hecho pa’ conquistarte! —Lamaricielo fingió un chiste por no echarse a llorar, pero pasó desapercibido. Sólo una persona se percató de su presencia.
—Cielo, anda, salte del agua y vámonos pa’ casa, que hay que cenar —El Convenido. Su marido.
Informaba la canción de que «hay tribus ocultas esperando a que caiga la noche, que esa paloma sobrevuela en peligro y aprendió en una escuela de calor”. Impuestos e impostados continuaban fieles a la cita los últimos de secano. Testigos mudos del imaginero popular de aquel pueblo perdido en una carretera nacional.



miércoles, 26 de junio de 2019

Al compás implacable del tiempo

Una ráfaga de instante y las manecillas pisan acelerador. Marcan implacables el compás del tiempo. A veces embaucan al suspiro. Otras empujan al devenir de su ritmo. Un dejarse llevar que define sigiloso y discreto los pasos superfluos de la vida; aunque ella se aferre delirante a mantener su utopía.

Una ráfaga de instante y las manecillas pellizcan hasta el vacío más vacuo del espacio. Señalan impetuosas exigiendo respuestas y en sazón de la corriente, las sentencias que obtienen son apelaciones en cubierta y encubiertas. 

Una ráfaga de instante y las manecillas dictan el Destino que ya advertían las señales. La fantasía se confabula con la nostalgia en un abrazo eterno. Solo queda evocar aquel momento en que las miradas se cruzaron por primera vez.


viernes, 12 de octubre de 2018

Aquella casita amarilla


Lloró en tempestad, 
también en calma.

Olvidada, lloró a la Ausencia
su muerte
y la distancia.

A veces con compañía, 
y siempre con Soledad.

Lloró adioses
y a Dioses.
Al miedo, 
sus nervios
y la Promesa.

Aquella casita amarilla 
lloró tanto y tan diverso,
tanto y por nada...

Que, consumida y con su vida,
lloró lento y también deprisa.
Lloró poemas
y, por llorar,
lloró hasta sonrisas.



lunes, 18 de septiembre de 2017

La señora

Que la muerte es bella cuando llega
si en vida no disfrutas de su ausencia.



jueves, 6 de julio de 2017

Diario de una mente suicida I

Episodio 1: 6 de julio de 2017 - Dos mujeres

En esta mañana lluviosa de julio, me fumo un cigarro en la repisa de mi ventana mientras dibujo la vida al óleo.

Y te pienso. 


Tú tan rápido, yo tan deprisa, 

que el cigarro se consume.

Como mi vida.


Y te pienso.

En el paso del tiempo.

Dos mujeres me hablan,

me dicen,
me cuentan
que no hay boceto que sirva para nada sin ti.
© MARÍA VILLAVERDE

Canción del vídeo: «Piensa en mí» - Chavela Vargas

domingo, 11 de septiembre de 2016

Cruce de destinos


Cada persona tiene su historia, su ritmo y su recorrido. Historias que, aun pareciendo similares en el formato, son únicas e intransferibles. Situando la cámara en el punto en común que todas ellas comparten, se aprecia la diversidad de personalidades que confluyen. El encuadre del espacio marca unos límites, dejando que sea la propia realidad la que sorprenda. Testimonios reincidentes, dirigidos a observar, repetitivos y ensimismados se apresuran o aguardan la rutina marcada por el compás del tiempo. El destino es meta de llegada para unos, estación de salida para otros; para todos, un cruce de caminos. 


martes, 28 de junio de 2016

La culpa fue del cha cha chá


Semivacías las piscinas, con el agua verde estancada, y desalojado el mostrador que hacía de bar en verano, el pabellón de usos múltiples del pueblo había sido, esta vez, el escenario elegido por la cuadrillita para marcar el paso de su vida, en unas clases de baile que pondrían sus cuerpos en forma. Un, dos, tres, cha cha chá. 

Frente a las espalderas de madera carcomida, a modo de photocall, se consagraba la pista de las Eternas Adolescentes. Caderas de edades avanzadas, embutidas en chándales del Lidl –la que no podía permitirse la imitación de Adidas– se preguntaban, entre ellas, cuál era el radiopatio del momento. 

—Chica, ¡pero qué chándal más mono nos traes hoy!
—Maja, pues de oferta lo he pillao.

Con actitud firme y aires de grandeza, apareció María del Cielo posando en el marco de la puerta.

—Ya pensábamos que no venías.
—Pues vengo de la peluquería, Loles, de darme tinte, y ya sabes lo que tardan.
—Bueno, yo es que tengo pocas canas, pero oye, muy guapa quetehan dejao.

La facilidad que tenía Lamaricielo para cotillear tres perfiles de Facebook a la vez, la seguía manteniendo en el liderazgo del clan. Cada encuentro exigía la seriedad de una estrategia de investigación típica del Casino Royale, aunque su credibilidad quedara difusa por combinar el chándal gris con sus manoletinas negras de charol roído. A su lado, el glamour y desparpajo de María Dolores: Laloles, la lolaila, la alegría de la fiesta. Siempre subida en un andamio, para que se la pudiera ver, el último chollo de las rebajas habían sido unas deportivas con plataforma para no perder el estilo ni «sudando». Innegables amigas hasta la saciedad, presumían de su despreocupación por los qué dirán

María Macarena, María del Clavel y María Purificación seguían asumiendo su papel de «el resto». Lamaca, se pusiera el chándal que se pusiera, en vez de dar a su cuerpo alegría y macarena, le daba sofocos y estupores con sabor amargo. Laclaveli, sin crecimiento ni a lo alto ni a lo ancho, apareció con el mismo chándal rosa fucsia con el que hacía gimnasia en EGB. Y al igual que entonces, como una flor a punto de marchitarse tras el verano: sosa y mustia. Lamaripuri o Purimari, sin perder sus costumbres estrafalarias, combinó dos piezas de distinto chándal. Dicen las malas lenguas que también de distinto color…

—Bueno, mujeres, ¿empezamos? 

Ante el llamamiento, el corrillo postjuvenil se calló en seco dando un respingo. Luismi, el profesor treintañero, había entrado al polideportivo. Ceñido en una camiseta que marcaba sus pectorales y con un pantalón de chándal ancho que dejaba entrever la cinturilla del calzoncillo, daba palmadas para ponerlas en marcha. 

—Ay, Luismi, que cuando te veo me recuerdas al cantante. «Acaricia mi sueño, el suave murmullo de tu respiraaaar» —con ceño fruncido y ojos cerrados, Lamaricielo hacía la pamema—. Ay, con lo que me gustaba a mí Luis Miguel.

Las demás soltaban una carcajada nerviosa.

—Venga, empezamos calentando —se atrevió a matizar el chico.
—Como siempre —apostilló Laloles, mientras acompañaba el comentario con una mueca y levantamiento de cejas jocoso.

Lamaca la miró con cara de vinagrilla. Sonrisillas picarescas se escuchaban acaloradas por lo bajines. 

—Qué, ¿ya estáis cansadas? ¡Si no hemos empezado!
—Luismi, que les pesa el culo —una voz cantarina y desenfadada acababa de entrar en escena: María Soledad, la nueva de los chalés, tan moderna como siempre, vestida con el último grito de las rebajas.

Los ojitos que, previamente, estaba poniendo Lamaricielo -arriesgando a que se le dieran la vuelta en el interior del párpado- se habían convertido en una mirada de alerta. Se decidió a cortar el hielo:

—Hola, Sole, ya te estábamos extrañando, ¿verdad, chicas, que lo hemos comentado? Aquí estamos, intentando hacernos con las curvas de Lapataky —ella misma se hizo gracia.
Yo es que soy más de Lakardasian —Ladeloschalés había llegado al pueblo, y a la clase de baile, pisando fuerte. 

«Bailando, me paso el día bailando». La canción de Alaska y los Pegamoides sonorizaba la movida madrileña que se traían entre manos. Aquellos tiempos…


—¡Venga, chicas! Damos dos pasos para la derecha y dos, para la izquierda. Derecha... Izquierda... ¡Muy bien, Loles! ¡Venga, que casi lo tienes!
—¡Venga, que casi lo tengo!  —vociferó María Dolores mientras daba palmas al unísono.
—Derecha… Izquierda… ¡Y saltamos! Esos culos firmes, a ver si voy a tener que ir yo.
—Uy no, que luego a ver qué le digo yo a mi marido —en el barrio, se decía, se contaba, se rumoreaba, que Laclaveli-Lasosa suena a marca de sal. 

«Bebiendo. Me paso el día bebiendo...».

—Mira, eso sí que lo hago bien: ¡beber! —por algo la conocían como la alegría de la fiesta. 
—Di que sí, Loles —Ladeloschalés intentaba camelarse a la «amiguísima».

«Tengo los huesos desencajados, el fémur lo tengo muy dislocado, tengo el cuerpo muy mal…».
—«¡Pero una gran vida social!» —Laloles y sus desenfrenos. 
—Venga, mis chicas, ahora un cha cha chá. Nos ponemos por parejas —Luismi tomó a Ladeloschalés para hacer las indicaciones—. La mano en la cintura, aquí. Y un, dos, tres, cha cha chá. Otra vez: un, dos, tres, cha cha chá. ¡Muy bien, Sole! 
—Pues a mí no me sale, Luis Miguel —la cuadrillita se alertó cómplice. Todas sabían que, cuando Lamaricielo se dirigía a alguien llamándolo por el nombre completo, es que estaba calentita.
—Ahora voy. 

Lamaricielo sonrió a Ladeloschalés y soltó un «¡cambio de pareja!» que desfogó toda la emoción contenida. Adelantaba la canción que «la culpa fue del cha cha chá, sí, fue del cha cha chá, que me volvió un caradura por la más pura casualidad…».

—Uy, qué brazo más forrrnido tienes, Luismi, ¡cuánto músculo hay aquí contenido! 
—¡Venga! Un, dos, tres, cha cha chá.
—Ay, me voy a agarrar bien, que pierdo el equilibrio.
—¡Venga, Maricielo! No, el pie para el otro lado. Me has pisado, ¡no pasa nada! ¿Qué tal vais chicas? ¿Hacemos un cambio? —el gesto de la líder se alteró. 
—No, no cambiamos. Enséñame el paso otra vez, que no me sale, Luis Miguel.
—¡Venga, otra canción! 

El sofoco del ritmo se hizo más jadeante y el rubor asomó por las mejillas de Lamaricielo, que suspiró tensa mientras su sonrisa pícara se desdibujaba. La melodía, mientras tanto, se escapaba a hurtadillas por la rendija de la puerta del pabellón de usos múltiples, de aquel pueblo perdido en una carretera nacional.


jueves, 25 de febrero de 2016

Una pincelada de Hopper en Loreak

[Ensayo para la asignatura Crítica cinematográfica]

¿Qué se siente cuándo se está solo?

¿A qué sabe la soledad?

Una mirada transmite un sentimiento mucho más completo y profundo que las mil palabras que traten de describirlo. Me pasa con algunas personas, que suscitan más mi curiosidad en su mirada antes de lo que digan o hagan. Imagino que por ello le doy tanta importancia al modo de mirar y al cómo se sea observado. Y esas miradas, que uno puede ir redescubriendo a su paso por la calle, en el supermercado, en el parque, en el metro, en un bar o hasta en una gasolinera, son las que hacen cine.

Debo admitir que de ahí nace mi debilidad por las películas contemplativas, esas que están formadas por planos que parecen querer llamar tu atención -la tuya y no la de quien tienes al lado- como para contarte algo. Esos planos que, desde el silencio, te miran a los ojos, pausados, tranquilos, bellos en su propia composición, aun sin pretenderlo. Planos que, desnudándose sólo en una parte, desde la discreción, lo están mostrando todo; que te hablan despacio, te abstraen del mundo, y se dirigen hacia ti casi en susurros. Supongo que mi debilidad por las películas contemplativas es a raíz de mi afición por esas instantáneas que permiten un diálogo íntimo: qué hay dentro del encuadre y qué se ha quedado fuera. En ese diálogo con quién decidió que el plano fuera así, y no de otro modo, surge el intercambio de sensaciones con uno mismo, con el interés de captar su propia esencia. Esencia que parece diferente según quien la mire pero que, sin embargo, subyace escondida siendo la misma para cualquiera. Sólo hay que saber mirar. Y esos planos, que uno puede ir reelaborando a su paso por la calle, en el supermercado, en el parque, en el metro, en un bar o hasta en una gasolinera, son los que hacen arte. 


    Si hay algo que me fascina de Edward Hopper es su manera de reflejar una mirada. Fue un texto de Carmen Martín Gaite, ‘El punto de vista’, el que hizo despertar mi curiosidad hacia el artista. Y lo hizo con el siguiente párrafo:

 “Edward Hopper era un hombre introvertido, que amaba el anonimato y odiaba las estridencias. Características estas dos imprescindibles para quien quiere mirarlo todo sin perder detalle pero, al mismo tiempo, sin provocar alboroto ni despertar sospechas. Edward Hopper es, sobre todo, mirada”.
Hopper mira de tal modo que consigue, con facilidad, llenar de vibraciones positivas a quien contempla alguno de sus cuadros, aunque el cuadro, en sí mismo, esté inmerso en dramatismo. Eleva la soledad, esa compañera de viaje con la que nadie quiere viajar, al rango de arte que se merece. Porque la soledad no es negativa, es vital. Y la vida, en sí misma, puede ser arte. Así lo concibe la mente del artista. El pintor es capaz de representar un instante suspendiéndolo en el tiempo. Hopper consigue conectar tanto con mi manera de sentir, que me provoca levitaciones con su arte.


Algo parecido me pasó cuando me inundé de los sentimientos que embriagaban a Loreak. Unos segundos dura su primer fotograma, una pantalla negra absoluta que parece no mostrar nada, pero acompañada por un ruido evocador de lluvia que se gana el respeto para los próximos minutos de metraje. Cada plano que seguía en el filme, cada instante representado y suspendido en el tiempo, me provocaba una sensación extraña, algo que no lograba descifrar. ¿Qué era lo que tenía Loreak, que embelesaba? Sin duda, una pincela de Hopper provocadora.

Hubo algo en su fotografía que, sin ser calificada como espléndida, consiguió hipnotizarme. La delicadeza en la composición, de cada uno de los elementos que quedaban dentro del encuadre, me resultó sublime. Fue debido a un fotograma, en concreto, por lo que reconocí al pintor, y activé mis sentidos: un plano que encuadraba a una de las protagonistas sentada en una cama, cabizbaja, homenajeando a gritos “Habitación de hotel” de dicho artista. 


Y se ve la película de otro modo. Se concibe de otra manera su mensaje cuando se entienden los cuadros de Hopper como influencia en los fotogramas de Loreak. El tema central, en ambos casos, es la soledad. Edward siempre tiene como centro, en sus lienzos, individuos solitarios que, por muy acompañados que puedan encontrarse, se sienten solos; y se ve, se palpa su sentimiento. Individuos ensimismados que, se encuentren donde se encuentren, se sienten en intimidad. Es la mirada interior que Hopper comparte con sus personajes. La misma mirada que puede apreciarse en la película. Vuelvo a citar palabras textuales de Martín Gaite, siempre teniendo en mente el modo en cómo están retratadas las escenas y los personajes de Loreak:

“Hopper tiene la capacidad de enfatizar psicológicamente lo real y dotarlo de un grado de abstracción que remite a escenas cotidianas. Los personajes de Hopper no solamente son seres “abstractos”, lo cual se explica por su condición de imágenes pintadas, sino que siempre están “abstraídos” ellos mismos, como tocados por el ala a la vez corpórea e incorpórea del instante”.
La mayoría de sus cuadros están protagonizado por mujeres. La suya, en concreto, fue su única modelo. En los “lienzos” de Loreak lo son Ane, Lourdes y Tere que, cada una a su modo, convive con la soledad que les acompaña. En cada vista de Hopper, como en cada plano de Loreak, hay un antes y un después que se sugiere, mientras lo mostrado queda suspendido en el tiempo, invitándote a contemplarlo. Es ese silencio que se palpa, ese vacío que se percibe, esa falta de comunicación explícita, la que aturde y enloquece provocando el exigir más.

Melancolía latente que, aunque el panorama esté compuesto por un número mínimo de figuras, o incluso careciendo de ellas, la propia arquitectura, en sí misma vacía y metafísica, llena el plano con su presencia; porque, aun pareciendo deshabitada, no puede afirmarse que así sea. Un edificio adimensional con vida. 


En una y otra obra se deja notorio, a su paso, una combinación de seres humanos y elementos retraídos que, aun llamando al reencuentro de sí mismos, invadiendo las cuatro esquinas de tristeza y melancolía, provocan que el espectador, al observarlos, vea más allá, quiera comprender su situación, y ese propio entendimiento le haga sentir una profunda calma, a veces más inexplicable en la situación real que en el propio encuadre.

Después de ver esta relación entre pintor y cineasta, me dediqué a jugar buscando fotogramas que se asemejaran a los cuadros hopperianos. Quizá es pura casualidad, pero mi inquietud cobró su efecto. Planos que se explican con la filosofía que utilizaba el artista en sus pinceladas. Y, sin duda, el mensaje que defiende el filme queda enfatizado. Debo reconocer que me he divertido buscando una posible historia a los personajes que aparecen en los cuadros de Hopper, paralela a la que se estaba narrando en Loreak. En todos ellos, encontrando sus similitudes, he comprobado que están dotados por espacios limpios, geométricos, de colores planos y líneas arquitectónicas que encuadran a mujeres aisladas, anónimas, con una sensación agridulce de soledad que se sopesa en la pantalla. Mujeres que tienen sus propias preocupaciones íntimas sin percatarse de si están siendo o no observadas. La imposibilidad de comunicación y la sensación de incomprensión que todas ellas, cada una a su manera, reflejan. Esa emoción que transmiten y comparten con quien las mira.